Sobre lo únicos que somos.

 Sobre lo únicos que somos.


Parece algo obvio, pero no es fácil en nuestros días reconocer cuán únicos somos o lo que significa ser únicos. Hemos aprendido, muchas veces, que el cuerpo humano es una compleja máquina bio-físico-química, y que nuestra mente, o es un alma trascendente (una hipótesis muy cuestionable), o es una función propia de nuestro cerebro, como una especie de software complejo compuesto de información colocada en la memoria y los procesos con los que operamos dicha información. En esta visión del cuerpo, cada pieza de la máquina es siempre reemplazable por otra idéntica capaz de cumplir la misma función. De ahí que se nos reemplacen partes dañadas por otras funcionales. En el mundo físico no hay nada único, cada cosa es equivalente a otra similar o puede serlo. De hecho, se calcula que en cada década una persona habrá cambiado todas las células de su cuerpo, ningún átomo de su ser anterior se mantendrá como parte de su cuerpo. No había en ninguno de ellos nada que contuviera el ser de la persona. Podríamos pensar, entonces, en que es nuestra mente la que nos hace especiales. Pero si nuestra mente es solo información, ¿no sería posible copiarla y trasladarla a otro soporte físico (otro cerebro o una súper computadora)? Así, podría esa “mente” existir en más de un lugar a la vez.

Desde esta perspectiva somos “únicos” solo por la circunstancia de que nuestro cuerpo o mente no se dan en otro lado, aunque físicamente nada lo impediría. Aún así, hay una sensación insatisfactoria al ver este panorama, como si algo se nos escapara. Pensamos que, aunque exista otro cuerpo o mente iguales a los nuestros, no serían los mismos. ¿Qué es lo que se escapa? Jean-Luc Nancy nos dice que hace falta pensar en lo singular. Lo singular señala lo irrepetible, lo único e irremplazable. Lo particular es lo individual de un conjunto general, lo singular se sustrae a la agrupación, a la clasificación, y a la categorización. La mirada de lo singular no existe en la ciencia, solo aparece desde la perspectiva de la vivencia concreta que tenemos (Para Aristóteles, la conclusión de un razonamiento práctico era un singular, porque esa conclusión no era una proposición, sino una acción concreta e irrepetible en el mundo)[JKGP1] . Desde afuera somos un montón de átomos indistinguibles de cualquier otro, pero para nosotros, nuestra vida es única y especial. Cada momento es único e irrepetible, cada persona que conocemos, cada experiencia, cada dolor. Esto es más fácil de pensar si lo vemos desde la perspectiva del cuerpo, ya que somos un cuerpo que experimenta el mundo desde su espacio, tiempo y vivencias: no podemos vivir ni experimentar nada por otro. No solo eso, sino que este cuerpo está en constante transformación, re-creándose en cada momento a partir de cada interacción con otros cuerpos (personas, animales, objetos, etc.).

En gran medida no solo somos nuestro cuerpo, sino que éste solo existe al co-existir con otros cuerpos. No salimos de la nada o podemos imaginarnos aislados, si nos quitamos nuestras vivencias dejamos de ser quienes somos[JKGP2] [JKGP3] . Nuestra consciencia está necesariamente encarnada y no existiría sin el singularísimo camino de vida que cada uno ha tenido. Por eso Nancy habla de que el ser es singular-plural, ya que la singularidad necesariamente implica la co-existencia de otras singularidades que se permean mutuamente. Somos el cúmulo de interacciones y relaciones. La singularidad no señala un objeto perfectamente delimitado, sino un campo relativamente definido de relaciones. Pensar de esta manera implica reconocer la importancia de los otros cuerpos y que es imposible que seamos sin ellos. También en la importancia de la historia singular que somos y que esta existe en nosotros, tanto como está entretejida en los cuerpos de otros. Desde esa perspectiva, somos absolutamente irremplazables, al igual que nuestras acciones, así como irrepetibles.





















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